
Oscuros adoquines posados en las calles más largas
piernas elegantes, seducían lentamente.
Le acaricié el cuello, le di un beso en su mejilla y sin más, le clave un cuchillo en su pecho desaforadamente;
corriendo, gimiendo, escupiendo sangre
corrediza bajaba rápido por las escaleras,
hacia arriba, hacia abajo, empinadas y en desnivel .
Aquel encierro de su alma oprimida,
sentía aquella mujer que llorando dijo:
rápido, avancen, dale dale, no hay tiempo, se nos va el tren,
abandonado, furioso, criminal y único culpable de su última respiración.
Ayer. A inciertas horas, esperando el amanecer, en su terraza.
Me parece que te extraño. Eso está mal, muy mal.
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