lo primero, lo estúpido: Es alto. Me lleva casi una cabeza, así que, supongo, que medirá 1m. setenta y algo.
Su pelo, es castaño claro, va, solo a veces. Lo tiene corto y le queda lindo.
Su pelo, es castaño claro, va, solo a veces. Lo tiene corto y le queda lindo.
Su piel, además de ser la más suave que conozco, es de una tonalidad clara, aunque no tanto. Será como la miel, un poco más oscura.
Su boca, fría al comienzo, se fue transformando en calidez. Besarla era gran contención para mí. Era callar cosas que no podía decir y soltarlas adentro de el, liberar esas palabras que estaban adentro mío y de una u otra forma transmitírselas.
Que nuestros labios bailaran la misma danza era una sensación de alivio, era sentir que él era mío, y yo, suya. Sus labios bailaban bien, como los de nadie. Me transmitían tranquilidad y desorden. Labios cambiantes los de él. Me hacían sentir que por siempre iban a ser míos. Mis labios, dueños de los suyos. Lindas danzas las nuestras. Danzas llenas de ganas de más, danzas rápidas y lentas, líeras y estrepitosas. Cuantas combinaciones de sensaciones me hicieron sentir esos fríos labios de alguna vez.
Su boca. Amaba escuchar de ella palabras tan lindas, amaba ver una sonrisa en esa (su) boca. Todavía me gusta ver su boca sonreír. Su boca, por la cual se escapaba un aire renovado. Esa boca por la cual se asomaba su respiración. Esa boca por donde una vez, cerca de mí exhalaba el aire que llevaba dentro de él. Ese aire que lo mantenía vivo, salía de esa boca, que me mantenía viva a mí.
Esas palabras que pronunciaba, nunca se podrán parecer a las de cualquier otra persona nombrándolas. El les da cierto entusiasmo. El pronuncia palabras transmitiendo firmemente lo que quiere decir. Como combina esas palabras, también influye. Arma oraciones de tal manera, que pareciera que las pensó durante tiempo. Aunque sean simples palabras, su boca las transforma de tal forma que quedan dando vueltas en mi cabeza, hasta que vuelve a pronunciar nuevas “poesías”. ¡La magia de las palabras! Magia en su boca para poder hacer sentir ese placer de escuchar semejantes letras combinadas.
El tenía, y tiene, el par de ojos que más me llamaron la atención, un par de ojos, nunca antes visto. Cuando se cruzaron con los míos por primera vez, sentí un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. De pies, a cabeza.
Estos ojos (los suyos) serán del mismo color que muchos otros, pero estos ojos, tenían algo muy diferente a esos “muchos otros”. Estos ojos marrones oscuros que tenían tanta luz y tanta oscuridad se adueñaron un día de mí, cayendo yo un poco tarde, pero todavía a tiempo. Esos ojos que tanto me gustaban (y que tanto me gustan) formaban una mirada totalmente cambiante, una mirada, sin problema de transmitir cualquier sensación. Esa mirada (la de él), al principio daba miedo, pero como todo lo que da temor, también generó en mí, curiosidad. Una vez que con cautela pude descubrir que adentrandose uno a ese par de ojos marrones oscuros, parecidos a muchos otros pero jamás iguales, existe ternura, existe suavidad (aunque cubierta por esa capa que genera temor), se siente maravillosamente bien, se siente la calma de saber que solo por fuera existe eso oscuro, pero que cruzando la puerta de esos ojos, existe la luz. Tanta calma y comodidad, tanta alegría y tanta curiosidad por saber más, hizo que ahora, mi adicción sea volar a causa de éstos (sus) ojos.
Su nariz. Perfecta. Con una curva tan precisa, con la claridez y con el tamaño adecuado. Su nariz, por donde habrá sentido, y no sentido, conector de las sensaciones externas, con la conclusión de sus gustos, por dentro.
Las manos. Las de él. Como las de nadie. Simplemente únicas. Tan significantes para mí. Sus manos me causaban la sensación de protección, me hacían sentir que él iba a estar ahí, en todo momento, cuidándome. Sus manos entrelazadas con las mías, jugando locamente en secreto, demostraban unión. Todavía me acuerdo de esa primera unión. Sus manos eran las causantes de cosquillas. Por culpa de ellas, reía. Las caricias dadas por las mejores manos. Tan suaves caricias. Tan aliviantes. Sus caricias, con esas manos, me hacían temblar. Solía hacer magia en mí con sus suaves manos. Manos culpables de tantas sensaciones. Desplazándose ellas sobre todo mi cuerpo, me hacían sentir ganas de reír de tanta felicidad que daba saber que esas manos eran mías. Sus manos acariciando mi pelo enmarañado, pero tratándolo suavemente. Sus manos jugando con mi pelo. Esas mismas manos, mimando tan bien a un instrumento musical. Sus dedos, creando acordes lentos, movidos. Sus dedos haciendo arte, creando más magia. Sus manos dialogando con las cuerdas. Sus dedos, como los mediadores entre él y este objeto tan significante. Como disfrutaba de aquellas veces que hacía sonar esa canción con tanta facilidad, generando en mi cabeza, más mezcla de palabras. Como amaba verlo disfrutar a él de tal arte.
Tenía (y tiene) un cuello, también suave. Un cuello provocador. En ese cuello, solía descargar todo lo que necesitaba, apoyaba mi cara sobre él y al levantarla me sentía más alentada.
Aunque simplemente sea una parte más del cuerpo, en él, no era solo era una de las partes que más me gustaba de él. Era abrazarlo y así, adueñarme de él. Era besarlo y sentirme mucho mejor.
Su voz. Prepotente. Gruesa. Su voz, un alivio para mi ser. su voz me aseguraba cómo estaba, cómo se sentía, qué sentía. Su voz era lo más seguro que podía encontrar, además de sus manos y sus brazos sosteniéndome. Su voz fuerte, transmitía paz, y por más de que fuera una voz sobresaliente entre las demás, generaba calma. Debía ser por su formulación de poesías que tanto amaba escuchar. ¡Tan bien jugaba con su voz! Cuando cantaba, me hacía ir bien lejos. Con las primeras palabras de una canción tan de él, me transportaba a ese mundo imposible en este mundo, pero posible y real adentro mío. Sus palabras convertidas en música. Su música. La de él. Que música tan placentera de escuchar. Una dulce voz haciendo semejante arte, el de soltar las palabras con tanta libertad para que todo lo que cantase se volviera mágico.
La risa. La suya. La de él. De su boca salía una carcajada de tono fuerte. Una carcajada contagiosa, demostrando alegría cada vez que se le escapaba alguna. Una risa que nunca antes había escuchado. Como la de nadie. Su risa conmigo era como decir… “música para mis oídos”. Hacerlo reír me hacía feliz. Cuando el reía, todo se volvía color. Supongo que esa era la causa de mi inmensa felicidad cada vez que reía. El color!. Símbolo de vida para mí, éste. Debía ser eso también lo que atraía de su risa. Una risa llena de vida, contagiando vida a los demás. Cuando el reía, yo veía un pincel salpicando su pintura. Veía como una hoja de papel blanca y lisa, se convertía en una hoja invadida por los colores más vivos que pudiesen existir. Todo lo que veía cuando él reía.
La suavidad se había adueñado de él, o él de ella. El tenía la más maravillosa suavidad que nunca antes había podido experimentar.
Con el detenimiento que lo habré mirado para poder descubrir los rasgos causantes de su perfección. Y pensar que sigo encontrando cosas nuevas cada vez que me detengo a mirarlo por tan solo unos minutos.
Su boca sigue tentando, sigue provocando, sigue haciéndome sentir lo mismo de siempre, aunque sus labios ya no rocen los míos. Sus palabras, aunque no estén dedicadas a mí como antes, siguen percutiendo adentro mío, y con solo escuchar su voz, sonrío. No de la misma manera que antes: sonriendo con ganas y por su culpa de forma directa. Pero sonrío. Al ver sus manos, me dan ganas de entrelazarlas en secreto con las mías, como alguna vez, nacen ganas adentro mío de volver el tiempo atrás y volver a sentir esas caricias mágicas. Miro sus ojos, y aunque el no mire los míos, todavía siento esas cosquillas, como la primera vez al mirarlos detenidamente. Y mientras no esté prohibido observar y disfrutar de esa vista tan maravillosa, seguiré descubriendo cosas, dentro de ese par de ojos, que tan bien me hacen. Y aunque ya no ría por mí, sigo amando verlo sonreír. Y aunque ya no me regale esa magia creada por él y causada por su arte de hacer música, cada vez que escucho su voz pronunciando una canción y cada vez que me meto sin permiso a escuchar sus acordes, siento un aire que corre adentro mío. Como ese de la primera vez, cuando me regaló lo más suyo. Y sin que se de cuenta me adueño de la magia que genera con solo rozar una cuerda y con solo pronunciar una vocal.
Su boca, fría al comienzo, se fue transformando en calidez. Besarla era gran contención para mí. Era callar cosas que no podía decir y soltarlas adentro de el, liberar esas palabras que estaban adentro mío y de una u otra forma transmitírselas.
Que nuestros labios bailaran la misma danza era una sensación de alivio, era sentir que él era mío, y yo, suya. Sus labios bailaban bien, como los de nadie. Me transmitían tranquilidad y desorden. Labios cambiantes los de él. Me hacían sentir que por siempre iban a ser míos. Mis labios, dueños de los suyos. Lindas danzas las nuestras. Danzas llenas de ganas de más, danzas rápidas y lentas, líeras y estrepitosas. Cuantas combinaciones de sensaciones me hicieron sentir esos fríos labios de alguna vez.
Su boca. Amaba escuchar de ella palabras tan lindas, amaba ver una sonrisa en esa (su) boca. Todavía me gusta ver su boca sonreír. Su boca, por la cual se escapaba un aire renovado. Esa boca por la cual se asomaba su respiración. Esa boca por donde una vez, cerca de mí exhalaba el aire que llevaba dentro de él. Ese aire que lo mantenía vivo, salía de esa boca, que me mantenía viva a mí.
Esas palabras que pronunciaba, nunca se podrán parecer a las de cualquier otra persona nombrándolas. El les da cierto entusiasmo. El pronuncia palabras transmitiendo firmemente lo que quiere decir. Como combina esas palabras, también influye. Arma oraciones de tal manera, que pareciera que las pensó durante tiempo. Aunque sean simples palabras, su boca las transforma de tal forma que quedan dando vueltas en mi cabeza, hasta que vuelve a pronunciar nuevas “poesías”. ¡La magia de las palabras! Magia en su boca para poder hacer sentir ese placer de escuchar semejantes letras combinadas.
El tenía, y tiene, el par de ojos que más me llamaron la atención, un par de ojos, nunca antes visto. Cuando se cruzaron con los míos por primera vez, sentí un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. De pies, a cabeza.
Estos ojos (los suyos) serán del mismo color que muchos otros, pero estos ojos, tenían algo muy diferente a esos “muchos otros”. Estos ojos marrones oscuros que tenían tanta luz y tanta oscuridad se adueñaron un día de mí, cayendo yo un poco tarde, pero todavía a tiempo. Esos ojos que tanto me gustaban (y que tanto me gustan) formaban una mirada totalmente cambiante, una mirada, sin problema de transmitir cualquier sensación. Esa mirada (la de él), al principio daba miedo, pero como todo lo que da temor, también generó en mí, curiosidad. Una vez que con cautela pude descubrir que adentrandose uno a ese par de ojos marrones oscuros, parecidos a muchos otros pero jamás iguales, existe ternura, existe suavidad (aunque cubierta por esa capa que genera temor), se siente maravillosamente bien, se siente la calma de saber que solo por fuera existe eso oscuro, pero que cruzando la puerta de esos ojos, existe la luz. Tanta calma y comodidad, tanta alegría y tanta curiosidad por saber más, hizo que ahora, mi adicción sea volar a causa de éstos (sus) ojos.
Su nariz. Perfecta. Con una curva tan precisa, con la claridez y con el tamaño adecuado. Su nariz, por donde habrá sentido, y no sentido, conector de las sensaciones externas, con la conclusión de sus gustos, por dentro.
Las manos. Las de él. Como las de nadie. Simplemente únicas. Tan significantes para mí. Sus manos me causaban la sensación de protección, me hacían sentir que él iba a estar ahí, en todo momento, cuidándome. Sus manos entrelazadas con las mías, jugando locamente en secreto, demostraban unión. Todavía me acuerdo de esa primera unión. Sus manos eran las causantes de cosquillas. Por culpa de ellas, reía. Las caricias dadas por las mejores manos. Tan suaves caricias. Tan aliviantes. Sus caricias, con esas manos, me hacían temblar. Solía hacer magia en mí con sus suaves manos. Manos culpables de tantas sensaciones. Desplazándose ellas sobre todo mi cuerpo, me hacían sentir ganas de reír de tanta felicidad que daba saber que esas manos eran mías. Sus manos acariciando mi pelo enmarañado, pero tratándolo suavemente. Sus manos jugando con mi pelo. Esas mismas manos, mimando tan bien a un instrumento musical. Sus dedos, creando acordes lentos, movidos. Sus dedos haciendo arte, creando más magia. Sus manos dialogando con las cuerdas. Sus dedos, como los mediadores entre él y este objeto tan significante. Como disfrutaba de aquellas veces que hacía sonar esa canción con tanta facilidad, generando en mi cabeza, más mezcla de palabras. Como amaba verlo disfrutar a él de tal arte.
Tenía (y tiene) un cuello, también suave. Un cuello provocador. En ese cuello, solía descargar todo lo que necesitaba, apoyaba mi cara sobre él y al levantarla me sentía más alentada.
Aunque simplemente sea una parte más del cuerpo, en él, no era solo era una de las partes que más me gustaba de él. Era abrazarlo y así, adueñarme de él. Era besarlo y sentirme mucho mejor.
Su voz. Prepotente. Gruesa. Su voz, un alivio para mi ser. su voz me aseguraba cómo estaba, cómo se sentía, qué sentía. Su voz era lo más seguro que podía encontrar, además de sus manos y sus brazos sosteniéndome. Su voz fuerte, transmitía paz, y por más de que fuera una voz sobresaliente entre las demás, generaba calma. Debía ser por su formulación de poesías que tanto amaba escuchar. ¡Tan bien jugaba con su voz! Cuando cantaba, me hacía ir bien lejos. Con las primeras palabras de una canción tan de él, me transportaba a ese mundo imposible en este mundo, pero posible y real adentro mío. Sus palabras convertidas en música. Su música. La de él. Que música tan placentera de escuchar. Una dulce voz haciendo semejante arte, el de soltar las palabras con tanta libertad para que todo lo que cantase se volviera mágico.
La risa. La suya. La de él. De su boca salía una carcajada de tono fuerte. Una carcajada contagiosa, demostrando alegría cada vez que se le escapaba alguna. Una risa que nunca antes había escuchado. Como la de nadie. Su risa conmigo era como decir… “música para mis oídos”. Hacerlo reír me hacía feliz. Cuando el reía, todo se volvía color. Supongo que esa era la causa de mi inmensa felicidad cada vez que reía. El color!. Símbolo de vida para mí, éste. Debía ser eso también lo que atraía de su risa. Una risa llena de vida, contagiando vida a los demás. Cuando el reía, yo veía un pincel salpicando su pintura. Veía como una hoja de papel blanca y lisa, se convertía en una hoja invadida por los colores más vivos que pudiesen existir. Todo lo que veía cuando él reía.
La suavidad se había adueñado de él, o él de ella. El tenía la más maravillosa suavidad que nunca antes había podido experimentar.
Con el detenimiento que lo habré mirado para poder descubrir los rasgos causantes de su perfección. Y pensar que sigo encontrando cosas nuevas cada vez que me detengo a mirarlo por tan solo unos minutos.
Su boca sigue tentando, sigue provocando, sigue haciéndome sentir lo mismo de siempre, aunque sus labios ya no rocen los míos. Sus palabras, aunque no estén dedicadas a mí como antes, siguen percutiendo adentro mío, y con solo escuchar su voz, sonrío. No de la misma manera que antes: sonriendo con ganas y por su culpa de forma directa. Pero sonrío. Al ver sus manos, me dan ganas de entrelazarlas en secreto con las mías, como alguna vez, nacen ganas adentro mío de volver el tiempo atrás y volver a sentir esas caricias mágicas. Miro sus ojos, y aunque el no mire los míos, todavía siento esas cosquillas, como la primera vez al mirarlos detenidamente. Y mientras no esté prohibido observar y disfrutar de esa vista tan maravillosa, seguiré descubriendo cosas, dentro de ese par de ojos, que tan bien me hacen. Y aunque ya no ría por mí, sigo amando verlo sonreír. Y aunque ya no me regale esa magia creada por él y causada por su arte de hacer música, cada vez que escucho su voz pronunciando una canción y cada vez que me meto sin permiso a escuchar sus acordes, siento un aire que corre adentro mío. Como ese de la primera vez, cuando me regaló lo más suyo. Y sin que se de cuenta me adueño de la magia que genera con solo rozar una cuerda y con solo pronunciar una vocal.
Y pensar que llegué al punto de odiarte.
2 comentarios:
pazita :)
tengo ganas de verte
che me dejs subir algo flashero
panchin chiin. Tambien quiero verte. Me voy mañana a las 6. Vuelvo y sale algo...
algo como que?
Publicar un comentario